METÁFORAS Y TÓTEMS DE CIUDAD: MANHATTAN TRANSFER

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En alguna parte, Cortázar, inquieto, se preguntaba qué podrían hacer las cosas de su casa cuando él salía. A qué rituales curiosos se entregarían… Qué tipo de trabajo magnético iniciarían con su entorno, con las otras presencias, con las de su dueño… Y es que poco a poco las cosas se van plasmando de las manifestaciones, de las energías que pueblan su entorno, hasta el punto que en el ejercicio de las artes chamánicas muchas veces basta un objeto propiedad del enfermo para sanarlo a distancia, para saber sus características, síntomas etc.

Pero dejemos por un momento estas esotéricas cuestiones y pensemos ahora que la ciudad va construyendo sus objetos mágicos, sus símbolos, individuales o colectivos. John Dos Passos hizo de la ciudad de Nueva York la protagonista central de su novela Manhattan Transfer (1925). La ciudad vive, se manifiesta a través de sus personajes.

Para cualquier lector es obvio que en todo texto narrativo -hablemos aquí de novela- un narrador o narradores dirigen a alguien una narración, donde actúan unos personajes que se relacionan entre sí o con ciertos objetos, y en ambiente o lugar determinados.

En el presente trabajo trataremos de discurrir un poco, de ver qué nos dicen, y cómo aportan al lenguaje narrativo la presencia de esos objetos en la novela de Dos Passos arriba citada.

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Un objeto cualquiera deviene símbolo cuando se establece una relación directa con la psicología de un personaje o una comunidad, esto es, cuando dice algo con relación a su identidad, a sus miedos, sueños, ambiciones, recuerdos, fracasos, etc. Todo símbolo se inscribe en el tiempo. Puede ser una rememoración de un importante momento o suceso pasado; Puede ser una transcripción a otro lenguaje de un fenómeno presente interior o exterior (a un personaje o actor); o puede ser el anhelo, una meta, objetivo, algo a lo que se tiende.

En este marco se da un caso especial del fetiche y el tótem. Un objeto cualquiera puede devenir símbolo y en algunas ocasiones en talismán: un objeto mágico. Tendencia atávica que reside en mayor o menor medida en todos los seres humanos contemporáneos. Sir James Frazer en su monumental obra The Golden Bough analizó antropológicamente las propiedades mágicas de los objetos: por parecido (magia homeopática), por contacto (magia contaminante), o por simpatía -acción recíproca y a distancia- (magia simpatética).

Pero resulta que cada objeto material, tiene unas propiedades que inciden en cualquiera de los cinco sentidos físicos del ser humano. Así, por concordancia, un símbolo se puede extender a un olor, sabor sensación, sonido, o color. Esto puede generar un recuerdo, un miedo, un anhelo en el sujeto receptor (personaje). De esta manera se completa el puente entre el objeto material y la psiquis humana: el nacimiento del símbolo.

Indaguemos pues algunos de estos objetos-símbolos centrales en Manhattan Transfer. Pero antes aclaremos algo en cuanto al procedimiento. Cuando intentamos desentrañar el significado de un símbolo, partimos de la relación del objeto con el sujeto que lo transforma en símbolo. Luego se da un distanciamiento con el lector. Éste asume la actualidad del texto en su contexto personal, para situarla también en ese ámbito que les es común a la obra y a quien la recrea leyéndola, esto es, el lenguaje. Paul Ricoeur destaca que en esta relación es donde el personaje adquiere una actualidad, y a su vez el lector en esa presencia se ve reflejado para cuestionar su actuar o ser en ese ámbito común (Silva Eduardo, II)

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La ciudad se construye con una base de permanencia. Pero esta se sostiene en cambios continuos. Existe una transformación constante. Lo que concluye da paso a lo inaugural. El ciclo muerte-nacimiento de la naturaleza se aprecia en la ciudad tanto en el devenir urbano (demoliciones, construcciones) como en el de sus habitantes. Una de los capítulos finales de Manhattan Transfer se titula Rascacielos, símbolo del crecimiento urbano, allí uno de los amigos de Jimmy Herf y Ellen, llamado Martín se suicida y como homenaje los dos primeros le ponen su nombre a su hijo (Pág. 374). Una vida comienza a partir del fracaso de otra. De algún modo se da una transferencia a partir de los nombres de una identidad a otra.

Ahora bien cada uno de los personajes carga un tráfago de su pasado, que es la materia de su presente. En algunos casos su peso es tan grande que provoca una movilización tal que el personaje termina por no adaptarse a la ciudad, conduciéndolo a lo que Manuel Delgado denomina la nihilización. En la novela este caso lo representa claramente Bud Koperning. Habiendo asesinado a su padre en su villa, ahora en Nueva York observa detectives de sombrero hongo en todas partes que lo siguen (Pág. 170). Su presencia resulta para él tan evidente que describe sus gestos, e inciden contundentemente en su ser, que el miedo lo impulsa a huir. La novela no deja totalmente claro si son meras representaciones de Bud o existen en verdad. Pero puesto que el siempre anda en la calle sin ningún tipo de disfraz, si fuesen reales hace mucho lo hubieran capturado, nadie invertiría en una parafernalia de detectives para seguir y apresar a un simple vagabundo culpable de parricidio. Resulta clara entonces la paranoia de nuestro personaje. Síntoma constante de las ciudades Así, Bud tiende a desplazarse siempre, no llega a adaptarse a un trabajo o lugar, esto es: no se adapta a la ciudad. Para usar la terminología de Manuel Delgado este personaje nunca logra constituirse como urbanita o ciudadano.

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Esa actualidad del pasado se ve representada también en las construcciones, que generalmente se hacen sobre las ruinas de algo anterior, como los templos cristianos que se construían sobre los paganos para demostrar su dominio.

En la novela, Mr. Perry es un ingeniero que trabaja en una constructora. Lo monumental, el avance del progreso es su cometido. Al final del espacio en que el narrador cuenta su escena Mr. Perry halla en el suelo el cráneo de un morueco y exclama: –Caray, debió ser un gran morueco. (Pág. 28)

A primera vista este hallazgo no tiene nada que ver con lo narrado. Pero no es un simple agregado paisajístico sin sentido, no. Un carnero semental, posee un doble simbolismo. Por un lado es el animal de sacrificio en la biblia. Por otro representa la fuerza masculina de la fertilidad en la naturaleza. La relación se da claramente, ese progreso y avance se da a partir del abandono de eso valores antiguos y tradicionales que congregaban espiritualmente a algo así como una comunidad, es decir, lo que integra. Y, nadie puede negar que los individuos deben adaptarse socialmente en la ciudad con fuerzas que poco o nada tienen que ver con los paisajes y ritos de naturaleza.

De este modo se da una especie de orfandad. De la seguridad de la matriz, que en un nivel de lo imaginario se equipara con la naturaleza, que es la que provee todo, se pasa a la ciudad donde ha y latencia de una amenaza o peligro constante, pero en el sentido de la no integración, del no cuadrar, pues de otro modo en la naturaleza los animales y los cambios climático también constituyen amenaza. En la Nueva York de Dos Passos un símbolo claro de este peligro y amenaza constante es el aroma de petróleo que a varios personajes los hace pensar en incendiarios (Pág. 25 y 76). Éstos son una presencia tácita en el texto, pues nunca se nos llega a mostrar a uno directamente, sino que se sospecha, se siente su presencia, a través del olor a combustible. Claro, los incendios sí son una presencia real. Pero su origen es atribuido a una fuerza que se quiere domesticable, para así poder aplacar y/o defenderse de sus efectos.

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Existen objetos que representan el esplendor de un pasado. Así para Joe Harland un negociante de bolsa venido a menos, su corbata azul representa el momento de su esplendor (Pág. 152). Esa corbata es el símbolo de cuando estuvo integrado a la ciudad. Ahora siente que todo va en su contra, y para clarificar esto el narrador nos muestra que colgado sobre su cama de su cuarto de alquiler que ya no puede pagar, está el cuadro de La caza del ciervo, un cuadro de Jan Brueghell que representa a una jauría de perrosabalanzándosee sobre un siervo viejo: eso es en ese momento Joe Harland.

En la novela hay una mujer elegante que pasea por la ciudad. Los personajes la observan, pero ésta no interactúa con ellos es un objeto del paisaje y quiere representar un anhelo de porvenir. El capítulo se titula La dama del caballo blanco (Pág. 135) y contrasta la somnolencia de Ruth amiga de Herf el hambre de este con la elegante dama.

Otro símbolo de ese anhelo de porvenir es la lluvia. Ésta tiene la característica de refrescar y fecundar la tierra, además purifica. Ellen la requiere cuando recién se casa con su primer hombre, John: Cuando llueva seré feliz (Pág. 125). Y otra mujer amante del el abogado Baldwin llamada Cecyl luego de que éste la decepcionara dice -Ojalá lloviera (Pág 341)

La lluvia tiene esa capacidad de purificar de las heridas. Es una suerte de símbolo de un pasado que se da a la tierra para que a partir de allí, surja un proyecto nuevo ya en cicatriz las heridas.

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Las puertas constituyen el intermedio entre un lugar y otro claramente diferenciado. En la novela se destacan las puertas giratorias, incluso hay un capítulo así titulado. Jimmy Herf tendrá mucho que ver con ellas: atravesará las puertas giratorias que triturarán su vida como carne de salchicha.(Pág. 129)

Es decir entrará y saldrá de distintos lugares y situaciones, tendrá claro que esa ciudad le ofrece encuentros momentáneos (al entrar o salir de un lugar se observan rostros que quizá nunca se vuelvan a ver). Hay una densidad de lo pasajero en que se recubre todo. Los ritos de paso dan una sensación de la prisa. Muchas veces no terminamos de adaptarnos a un proceso cuando ya está caduco y es necesario pasar a otro.

BIBLIOGRAFÍA


Delgado, Manuel. El animal público. Barcelona: Anagrama 2002.

Dos Passos, John Manhattan Transfer. Madrid: Editorial Bruguera 1986 (1925). Versión castellana de José Robles.

Silva Arévalo, Eduardo. Paul Ricoeur y los desplazamientos de la hermenéutica. Revista hermenéutica Vol. XLVI Pontificia Universidad Católica de Chile, 2005.


JESÚS WLADIMIR ASCUNTAR OVIEDO 2.009 ©

UNIVERSIDAD DEL VALLE

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